Cuando cosas como las que nos pasaron pasan, uno tiende a quedarse imaginando diálogos que hubieran podido ser. Se imagina uno diciéndole a la otra parte cosas que se nos quedaron: cuánto y de cuántas formas me lastimaste, me lastimé yo, lo bonito y lo feo, los reproches, los recuerdos de promesas rotas. Cosas.
En mis últimos diálogos virtuales de esos me propuse que serían los últimos, y me imagino pidiéndote no volver a llamar para socializar como la última vez, que si es una emergencia (Dios no lo quiera, algo con tu hijo) acá estoy, pero no para hablar del clima, de nuestras familias, y de lo buenos amiguitos que podemos ser. En esos diálogos en los que nunca participas pero como sea te incluyo te pido que no me hables más. Y sorpresa: no me llamas. Como si ya te lo hubiera dicho, jaja… razón de más para no gastarme en esos debrayes.
Y chin. Me meto al metro (tú sabías que hoy estaría en casa, pero han surgido cosas nuevas), salgo y aparece una llamada perdida desde tu trabajo. Los cinco minutos a escondidas que tienes antes de que “alguien” se de cuenta.
Si es urgente, acá estoy. Pero no llamaste de nuevo, tons no es urgente. Y si no es urgente es para socializar. Y si es para socializar… no, gracias. No sabes socializar con gente como lo que ahora soy. Estas pulgas (ya) no brincan en tu petate =)
Elegiste a otro para estar cerca de ti: úsalo. Dejaste al hombre que más has amado (según) y el tiempo más bonito de tu vida (según) por una circunstancia mas ventajosa y la comodidad de todo el día todos los días: piensa en eso la próxima vez, para que me dejes de extrañar. Face it, deja mi serenidad en paz.